Caronte en la Estigia del Estrecho.

            Estaba decidido a escribir, esta semana, sobre la ley 3/2014 de 27 de marzo por la que se modifica el texto refundido de la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios, alabando algunas cambios interesantes introducidos; pero la actualidad, como siempre, me ha hecho cambiar de idea. 

           Los dramas a los que un día si y otro también, asistimos impertérritos, hacen sacudir la conciencia de este incauto letrado que, en su precocidad, pretende cambiar una sociedad que no le gusta.

           Si, siempre pretendo hablar de asuntos jurídicos de actualidad, de problemas legales dignos de mención, pero ¿el derecho, al decir de Platón, no debe estar imbuido de lo Justo? ¿Y hay algo más injusto que ver a la muerte viajar a diario a nuestras costas? Es la eterna imagen de Caronte cruzando la Estigia moderna: las aguas del estrecho. Sin embargo Patinir, uno de los más grandes pintores flamencos, olvidó en su cuadro “Caronte cruzando la laguna Estigia”, que se encuentra expuesto en nuestro Museo del Prado, resaltar en los rostros de los viajeros de la barca, un marcado color negro. 

            El drama de las pateras es tan humano, tan demasiado humano, que hace olvidar que la inflación alcance un nivel u otro, o que vivíamos un periodo de recesión o de avance en nuestra economía. Crisis; ¿Qué crisis?  

          Los seres humanos estamos inmersos en una constante carrera para alcanzar la meta de la felicidad, a la que han puesto precio. Es el valor del éxito y del poder que ahora se llama dinero. Nos han hecho olvidar que la felicidad se encuentra en aquellos valores eternos, humanos, espirituales, en definitiva, que no tienen ni etiqueta ni IVA. Pero sin embargo, vendemos una felicidad a la que acuden, como haríamos nosotros, si ves que no tienes más que un plato de miseria para echarte a la boca. 

           Extraño designio el del ser humano que ha alterado esa búsqueda de la felicidad, del conocimiento, del ser más por el tener más; este es el materialismo devorador que nos subyuga y esclaviza. 

           Esta situación me recuerda al mendigo que se acercó a la casa de un rico atraído por el embriagador aroma procedente de su cocina; el mendigo fue descubierto por el rico que, sin mediar palabra, lo denunció ante el juez por olisquear su comida; el juez, un hombre justo, condenó al mendigo a depositar la única moneda de oro que tenía en la mesa del juzgado. El rico estaba satisfecho al escuchar el tintineo de la moneda, cuando el juez añadió: “He condenado a este hombre por oler tu estofado; tú por tanto, te conformarás con escuchar la indemnización”.  

           Podemos y debemos hacer algo más que devolver la moneda al pobre; ese pecunio tan solo le va a servir para pagar a Caronte el paso de la Estigia hacia el reino del Hades.